Rojo cielo, mar de añil, gotas que brotan secas de la piel cuando medio sol se cobija entre la bruma de un horizonte lejano. Sucedía un día cualquiera del mes de Augusto. Un día de fuego vespertino. Sobre la arena el agua emponzoñada se abría lentamente camino, entre hojas verdes y flores asustadas. Las manos nerviosas aliadas con la decadente vista, retardan la inmolación del espectáculo. Todo se mueve, todo me observa. Devuelvo la mirada a través del visor de la máquina, el polvo resuena contra la lente empañada de vaho y sal. No hay tiempo para asepsias, la luz corre. Hoy no sale la luna. Disparo, una, dos, tres veces ... salta el flash cual saltamontes tras la presa. Don nenúfar se despide, cierra sus pétalos y me dice hasta mañana, pero más temprano. Hasta mañana le respondo, a la par que recojo mis bártulos y me retiro a meditar .
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