Dijo _ Luis Rojas Marcos _(Psiquiatra español)
"El estar conectado nos prolonga la vida y no solamente añade años a la vida, sino vida a los años".
_No esta mal hacerle caso, no?_
LOLA MORA, Dueña del Mármol (1866-1936)
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26 de Octubre del 2007 a las 20:11:09
Un sábado de noviembre de 1866 nace en Río del Tala, Obispado del Tucumán, hoy Salta, en una pequeña estancia llamada "La Candelaria", Dolores Candelaria Mora Vega, luego conocida mundialmente como Lola Mora. Sus padres residían en Trancas, Tucumán, y allí es bautizada, siendo su padrino el Dr. Nicolás Avellaneda. Las siestas de verano en Trancas -al norte de Tucumán- son agobiantes. Sin embargo eran los momentos elegidos por la niña Lola para dibujar y pintar los resecos paisajes de su pueblo. Allí había nacido el 12 de abril de 1867 -Viernes de Dolores-, en el seno de una próspera familia de estancieros, y sería bautizada en la parroquia de San Joaquín como Dolores Mora. Curioso nombre para esta mujer que se rebeló a los convencionalismos de la sociedad en la que le tocó vivir. A su innata habilidad para dibujar, su primer maestro, Santiago Falcucci, le incorporó técnicas de retratista. Las primeras exposiciones de sus cuadros la enfrentaron con los prejuicios de la época: ¿cómo una mujer quería dedicarse profesionalmente al arte? En 1894 expuso una galería de 25 retratos de gobernadores tucumanos, de gran calidad. Huérfana desde hacía diez años y siguiendo el consejo de su maestro, viajó a Buenos Aires buscando mayores horizontes. En 1896 ganó una de las becas con que el Estado argentino premiaba a artistas promisorios para que se perfeccionaran en Europa. Y allí fue con una carta de presentación de Dardo Rocha y un equipaje lleno de ilusiones. Ya en Roma se convirtió en la primera discípula del pintor Francesco Paolo Michetti, quien descubriría su verdadera vocación por la escultura. Apasionada por las formas y los volúmenes del metal y el mármol, nunca más volvería a pintar. De Constantino Barbella aprendería a trabajar el bronce y las miniaturas, y de la mano del profesor Giulio Monteverde descubriría los misterios del mármol. Adhirió al estilo neoclásico, eligió los grandes monumentos y muy pronto conoció el triunfo. El embajador Enrique Moreno la contactó con familias de la nobleza peninsular, para quienes esculpió muchas obras. Muy pronto recibió elogios en las capitales europeas y ganó sus primeros concursos internacionales: La Promotrice en Italia y el primer premio de la Exposición Universal de París. También ganó los concursos para los monumentos a la reina Victoria en Melbourne (Australia) y para el zar Alejandro I en San Petersburgo (Rusia), pero a ambos los rechazó ante la exigencia de adoptar las ciudadanías británica y rusa, condiciones inaceptables para su profunda argentinidad. Con el dinero ganado, abandonó el piso alquilado en la Via XX de Settembre y se construyó una magnífica casa y atelier -con diseño propio- en un barrio aristocrático romano. El villino de la Via Dogali N° 3 muy pronto se pobló de fiestas y visitas ilustres, y fue el refugio de artistas argentinos en Roma. Frecuentaba el Caffé Greco -reducto de la bohemia romana de artistas e intelectuales- junto a sus amigos Gabriele D'Annunzio, Paolo Tosti, Eleonora Duse y Guillermo Marconi. Pero en su tierra había quedado el recuerdo de aquella joven pintora de retratos y poco se sabía de la exitosa escultora. Entonces Lola Mora volvió a Buenos Aires en agosto de 1900 para ofrecer una fuente que decoraría la Plaza de Mayo. Casi dos años trabajó en su atelier para concretar su obra más famosa. La Fuente de las Nereidas viajó en el vapor Toscana desde Génova, y a poco de su llegada a Buenos Aires despertó debates, críticas y escándalos. La prensa local se hacía eco de las polémicas que el atrevimiento de Lola Mora provocaba: ¿era ella realmente la autora de esa fuente?, ¿podía una mujer ejercer la escultura, una rama del arte exclusiva para varones?, ¿estaba en su sano juicio? Los audaces desnudos de la fuente y la imposibilidad de emplazar "semejante inmoralidad" frente a la Catedral, postergaron su inauguración en el Paseo de Julio hasta el 21 de mayo de 1903. A partir de entonces comenzaron a llegar los encargos oficiales de nuevas obras, todas de temas patrióticos, para asegurarse de que nunca más tuviera la libertad que había mostrado en su desfachatada fuente. En setiembre de 1904 inauguró en Tucumán el Monumento a Juan Bautista Alberdi, la estatua de la Libertad y dos bajorrelieves para la Casa de la Independencia. Al año siguiente, instalando un atelier provisorio en el edificio en obras del Congreso Nacional, realizó las alegorías de la Paz, la Libertad, la Justicia, el Trabajo, el Progreso y dos leones para la fachada (que años después serían retiradas), las estatuas de Carlos María de Alvear, Mariano Fragueiro, Facundo Zuviría y Francisco Narciso de Laprida. También esculpió los bustos de Carlos Pellegrini y de Luis Sáenz Peña. Cada vez que pudo escapar a la censura oficial, Lola Mora produjo sus obras más inspiradas: las alegorías sensuales y semidesnudas que acompañan los monumentos de muchos próceres, su original autorretrato, una figura de mujer surgiendo del mármol virgen, los bustos de Martiniano González y del obispo Reginaldo Toro, una delicada bailarina de bronce o su magnífico tintero artístico. De regreso a Roma, en 1906, conoció la consagración de su fama cuando la reina Elena y la reina madre Margarita de Saboya visitaron su atelier y la colmaron de elogios poco habituales en Italia para un artista extranjero. Trabajaba incansablemente, montada en caballetes, vestida con amplios pantalones, delantales de telas rústicas y una boina que apenas podía retener su indomable cabellera negra. Al ritmo del golpe de cincel, entonaba coplas norteñas que el polvo de mármol fusionaba con las canzonetas de sus ayudantes napolitanos. Era menuda, delgada, de mirada intensa y movimientos ágiles. Los vestidos de encajes, puntillas y los sombreros que imponía la moda de 1900 realzaban sus modales refinados. Pero detrás de la amabilidad de su trato se agazapaba un fuerte carácter, nutrido de decisiones firmes, principios inclaudicables y objetivos que defendía con pasión. La suya no fue una rebeldía adolescente, ni su transgresión era la de una diva en busca de promoción. Lola no aceptó el lugar que la sociedad de su tiempo reservaba a las mujeres, cuya única realización personal se limitaba al matrimonio y la maternidad. Y pagó un alto precio por oponerse a esos mandatos sociales. El 9 de marzo de 1907 un atentado destruyó parcialmente su monumento a Aristóbulo Del Valle, pocos días antes de su inauguración. Desde entonces, dejó de recibir encargos oficiales y debió aceptar trabajos menores, como la bóveda de la familia López Lecube, las flores con ninfas para la casa de los Paz Anchorena o el busto a la República. Por primera vez perdió concursos, y ganó otros que no se concretaron por falta de fondos. Le suspendieron el contrato del Monumento a la Bandera para la ciudad de Rosario y los fragmentos ya esculpidos por ella fueron dispersados. Su casamiento en 1909 con Luis Hernández Otero -15 años menor que ella- avivó las habladurías y el escándalo. Se recluyó con su marido en Roma. Su último triunfo en la escultura fue el 8 de junio de 1913, cuando inauguró el Monumento a Nicolás Avellaneda en la ciudad homónima. En 1917, la Gran Guerra, la muerte de su maestro Monteverde y el fracaso de su matrimonio la devolvieron a su país, donde con renovadas energías se abocó a diversos proyectos. Asociada al inventor Domingo Ruggiano exploró la tecnología de la incipiente cinematografía, creando un sistema que permitía proyectar películas a plena luz del día. Pese a los elogios que recibió, jamás conseguiría vender su invento. Cuando en 1918 se decidió el traslado de la Fuente de las Nereidas al Balneario Municipal, Lola dirigió personalmente y hasta financió la mudanza de su obra. Para esta época, varias de sus esculturas dormían en el olvido de galpones municipales. También incursionó en el urbanismo, diseñando un túnel entre el Paseo Colón y el balneario, por debajo de los diques. Pero una vez más, la talentosa artista resultó ser una inexperta empresaria y sus planes no se concretaron. Viajó a Salta y adquirió tierras para experimentar la minería y la búsqueda de petróleo. En 1924 fue convocada por el gobernador jujeño Benjamín Villafañe, quien había adquirido sus alegorías retiradas del Congreso Nacional. Le encargó a Lola que las emplazara en San Salvador de Jujuy, para lo cual la nombró "Escultor encargado de parques, jardines y paseos". También allí proyectó ambiciosos planes urbanísticos, que la falta de fondos impidieron realizar. De regreso a Salta retomó su sueño minero, pero sólo consiguió perder su fortuna y sus últimas fuerzas. Empobrecida, volvió a Buenos Aires en 1934, para vivir en la casa que sus sobrinas Sara, Hilda y María Dolores Rücker Mora tenían en la Av. Santa Fe 3026. Allí supo del calor familiar y del sosiego confortable; recibió visitas de personalidades del arte y la política y desde allí emprendía paseos en soledad, que solían terminar en la contemplación de su fuente. Víctima de un derrame cerebral que la dejó hemipléjica, recibió la asistencia esmerada del Dr. Axel Bunzow. Nunca llegó a cobrar una pensión gestionada por el diputado Enrique Santillán. La crónica histórica dice que un nuevo accidente cerebro-vascular apagó el brillo de sus ojos a las 13.33 del domingo 7 de junio de 1936. Pero Lola Mora nunca morirá, porque vive en la belleza de sus obras, en cada calle, plaza o escuela que llevan su nombre, en el recuerdo de su vida de mujer pionera que desafió al machismo más recalcitrante sin doblegarse jamás, y en cada curva sensual de su atrevida Fuente de las Nereidas. En noviembre de 1997, ante el pedido de reconocimiento a nivel nacional presentado por la diputada y profesora Fanny Ceballos de Marín ante el Congreso de la Nación, el alto cuerpo dispuso la institución del 17 de noviembre, día del nacimiento de Lola Mora, como "Día Nacional del Escultor".
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