Es el nombre del castillo amarillo que se ve en la montaña entre los dos lagos. A un escaso kilómetro del de Neuschwanstein, y también situado en plenos Alpes. El paisaje en directo es espectacular.
En 1932-1836 el Príncipe heredero Maximiliano de Baviera mandó reconstruir el derruído castillo de Schwanstein en estilo neo-gótico. A los pies de Neuschwanstein está el Schwansee, o lago del cisne, y al lado, otro castillo, Hohenschwangau, menos fantasioso que su vecino, pero con una rancia tradición. Fue Maximiliano II quien prendado de la belleza del lugar decidió construir el que sería solar de la estirpe de los Wittelsbach. Wagner fue un huésped asiduo, hasta el punto de que, según cuentan algunos historiadores, fue aquí donde Luis II, siendo un joven príncipe de 15 años, se quedó prendado del músico, convirtiéndole en su particular canon de belleza.
No lejos de aquí, en el valle de Graswang, se eleva Linderhof, la casita real. Arriba, las salas van superándose en recargamiento: estucos dorados, sedas, espejos y pinturas componen el abigarrado escenario que tiene su culmen en el dormitorio, la habitación más grande.
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